¿Quién cuida a quienes cuidan? El desgaste invisible de ser cuidadora

Ser cuidadora no fue una elección: fue un acto de amor. Desde que mi hijo Diego López López enfermó, mi vida dio un giro profundo. Me convertí en su enfermera, su terapeuta, su defensora, su voz. También me convertí en activista por el acceso a tratamientos con cannabis medicinal, al comprender que una atención en salud digna requiere tanto compromiso social como voluntad institucional.

Pero hoy no escribo solo como madre. Escribo como una mujer que ha sentido en carne propia el desgaste físico, emocional y mental de cuidar. Porque cuidar —como lo hacen miles de madres, hermanas, abuelas, hijas en este país— es una labor que se vive en soledad, muchas veces en silencio, y casi siempre sin apoyo.

El cuerpo duele. El alma también.

A lo largo de los años, he enfrentado no solo el miedo constante por la salud de Diego, así como distintos desafíos para acceder a recursos y acompañamiento. He tenido que ser fuerte cuando ya no podía más. He sostenido la vida de mi hijo sin tener quien me sostenga a mí. Y como yo, muchas. Demasiadas.

Es momento de decirlo claro: las cuidadoras no somos heroínas románticas, somos sujetas de derechos. Y estamos agotadas.

Es necesario avanzar hacia políticas públicas que reconozcan y respalden esta labor esencial. Aún existe una brecha significativa en el reconocimiento del trabajo de cuidado no remunerado, así como en el acceso a servicios de salud mental, apoyos económicos y espacios de descanso digno. El cuidado es un trabajo. Un trabajo no remunerado, no visible, pero absolutamente vital.

Necesitamos una Ley de Cuidados que proteja a quienes cuidamos. Que entienda que la salud no se construye solo en hospitales, sino también en casas donde una madre, una hija o una abuela sostiene día y noche la vida de un ser querido. Se requieren redes de apoyo, recursos accesibles y un marco legal que nos incluya.

Este no es solo un grito personal. Es un grito colectivo. El de quienes hemos cuidado tanto que nos hemos olvidado de nosotras mismas.

Hoy, desde Prodesalud, levanto la voz por mí, por mi hijo, y por todas las personas cuidadoras que están al borde del colapso pero siguen adelante por amor. Reconocer y apoyar esta labor no solo es una cuestión de justicia, es una condición necesaria para fortalecer el sistema de salud y el tejido social.

Porque si no cuidamos a quienes cuidan, el sistema entero se desmorona.

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